Gracias al siguiente relato autobiográfico, Antonio Monroy (México, 1984) trae a la luz ideas personales alrededor de la trascendencia simbólica y sociocultural de “compartir el fuego”. Su reflexión enmarca –desde el territorio de la actividad artística– el papel y la agencia de un mediador en una ejecución de este tipo. Asimismo, estas ideas abonan al sentido de deconstrucción de nuestras nociones personales y culturales hoy en día, a la vez que revaloran la sabiduría ancestral de estas regiones donde nos encontramos. Con sus palabras, acontecemos a un panorama de la conciencia de creación formándose entre distintos ejes cosmogónicos confrontados en la relación campo – ciudad a través de lo ritualístico. En ello, se abre cierta comprensión, conciliación y re-significación con dichos territorios.
Este relato se acompaña de una serie de ilustraciones a tinta, las cuales forman parte de la serie Agua Quemada. Este ejercicio muestra –con suma expresividad– cierto desdibujamiento de “lo individual” y esboza una integración con el entorno –y los diversos factores que lo componen– desde su contundencia emocional. Es fácil engancharse con las distintas facetas que se revelan en aquellas ilustraciones. Facetas cómicas o burlonas, cínicas y otras animalescas se revuelven y descubren entre sí efectuando un flujo en integración, reconocimiento, revelación, etc. Un ejercicio que pareciera revelar un asomo tormentoso y chamánico al espejo, donde el acarreo de lo profundamente natural baila palmo a palmo entre lo mundano.
Un mismo fuego
I
Aunque viví mi infancia en Toluca, prácticamente todos los domingos viajaba con mi familia a San Miguel Tenoxtitlan, un pequeño poblado mazahua, perteneciente al municipio de Jocotitlán, entre San Felipe del Progreso y Atlacomulco, en el Estado de México, para visitar a la familia o por trabajo.
Tengo el recuerdo vivo de viajar en auto viendo largas extensiones de tierra. Hectáreas cultivadas de maíz, el verdor del paisaje en los meses de agosto y septiembre, los cielos grises amenazantes de lluvia, las flores amarillas y las violetas que anunciaban la fiesta de San Miguel. Así también recuerdo las últimas lluvias de octubre, el viento helado y el sol quemante que se hace presente durante la visita al panteón en día de muertos y el puente del 20 noviembre que anunciaba el inicio de la temporada de cosecha. Recuerdo los elotes de maíz pinto, blanco, amarillo o colorado tirados en el patio, listos para ser desgranados, así como el sol golpeando duro y el frío congelante a la sombra.
En las fiestas decembrinas, junto a las comidas familiares y las piñatas, los granos de maíz ya estaban dentro de los costales de yute o rafia. En los meses siguientes, había grandes polvaredas en los campos, llenos de terrones enormes y los tractores entrando para barbechar y sembrar la tierra, junto a los magueyes y los árboles que comenzaban a florecer.
Para la fiesta del 8 de mayo, los castillos, la música de viento y el mole, anunciaban la entrada de las lluvias, con sus cielos grises, cerrados, rayos, los charcos con renacuajos y baches. De nuevo las espigas del maíz, los elotes tiernos, pronto llegaría la fiesta de septiembre, San Miguel.
Recuerdo con nostalgia la vivacidad de los colores en el fogón, cocinando las tortillas de maíz, dentro de una habitación de muros grises y tiznados. En la penumbra, un rayo de luz al mediodía entra por un orificio en el tejado, iluminando el rostro de mi tía Celia, sonriente al vernos llegar y ruborizada por el calor del comal.
De noche, al salir del pueblo la negrura nos envolvía, ocasionalmente veíamos las estrellas. El cruce de las vías del tren anunciaba la entrada a Toluca, después de ellas comenzaban a aparecer las luces de la ciudad, los anuncios espectaculares del PRI y los primeros centros comerciales.




II
La defensa del territorio, especialmente en comunidades “indígenas” hace constante mención sobre la sacralidad del mismo y la importancia de su preservación. Este carácter sacro no sólo se da por la biodiversidad que ahí habita sino también por la continuidad de los ritos, peregrinaciones y ofrendas que se realizan. Todo esto en conjunto, fundamentalmente permite la continuidad de la vida, humana y no humana, no sólo de la comunidad, sino del mundo entero.
Hace 10 años, por invitación de dos amigas, llegué a la Fundación Cultural Camino Rojo, desde donde comencé un acercamiento a ceremonias tradicionales y prácticas rituales, principalmente las ofrendas al Xinantécatl, la búsqueda de visión y danza del sol. Sin duda estas ceremonias-rituales han replanteado mi vida, y la comprensión del espacio-tiempo que habito.
Por el desarrollo de mi carrera, he tenido que transitar constantemente entre Toluca y la Ciudad de México. Durante estos viajes he observado la imparable expansión de la capital del país. Aunado a esto, en 2017, en el contexto de las fuertes luchas por el territorio a nivel nacional, particularmente en el Estado de México por la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, la Autopista Toluca-Naucalpan y el Tren Interurbano México-Toluca, me acerqué a estos territorios en disputa. Dentro de mis aproximaciones a cada uno, identifiqué, estudié y abordé la figura del “Granicero” o “Tiempero” (Tezitlazcs, Quiatlazcs en náhuatl), personajes herederos del culto mesoamericano al agua. Estos personajes, a través de una serie de ofrendas-rituales establecen una comunicación con los volcanes, cerros y montañas, así como con los fenómenos meteorológicos, con el objetivo de alejar el granizo o llamar a la lluvia. Una práctica para procurar el buen desarrollo de los cultivos de maíz.
En ese momento empecé a imaginar a las y los graniceros como personajes en resistencia, haciendo frente al mal tiempo (incluso socio-político), generando en colectivo una nube de humo de copal, que llame la fuerza del rayo y la lluvia. Fue así que desarrollé una acción de manera conjunta con dos comunidades en resistencia, el Consejo Supremo Indígena de San Francisco Xochicuautla y el Calpulli Tepeloyotl, al oriente y poniente del Estado de México. Esto con la intención de volver a llenar el Lago de Texcoco y las zona lacustre del Valle de Toluca, como un acto de rebeldía ante los despojos, un gesto que me gusta nombrar como “anarco-indigenista” o “terrorismo-chamánico”.




III
En 2018, como parte de las actividades realizadas durante una residencia en Banff Centre for the Arts, visité con mis compañeros un manantial buscando fotografiar espíritus y sus manifestaciones. Al interior de la cueva, Kevin Wesaquate, también artista, me hizo notar que muchas de las rocas parecían rostros o animales de la zona, a quienes llamó guardianes del territorio. Me contó que, a pesar de ser un sitio con mucho turismo, era muy sagrado, y que por generaciones sus ancestros habían peregrinado para llegar ahí y curar sus enfermedades.
Como parte de una tradición compartida, depositamos un poco de tabaco, sin que los vigilantes nos vieran, y agradecimos el poder estar ahí, luego él pidiendo permiso a los espíritus del lugar para tomar un poco de agua. Después solicitamos hablar con el encargado, argumentando pertenecer a una “first nation”, para que nos permitiese tomar un poco de agua de uno de los estanques que, por la cantidad de minerales, tenía un espectacular color turquesa. El guardia no solo nos permitió guardarla en un termo, además él mismo la vertió en nuestras manos para lavarnos el rostro.
Conservamos el agua el resto de la residencia, llevándola a cada actividad. El último día, antes de despedirnos caminamos al río, ahí Kevin nos pidió a Nicole Tritter, también artista, y a mi, realizar un agradecimiento al agua antes de volver a lavarnos las manos y rostros y finalmente devolverla.
En la cosmogonía mesoamericana, los ciclos de 52 años, están relacionados al atado de un nuevo año, es decir, que los regentes de ese día vuelven a coincidir. En este sentido, 1968 fue un año pedernal (Tecpatl, en náhuatl), el 2020 también lo es. El 2 de octubre Laura Valencia Lozada, Balam Bartolomé, Erik Tlaseca, Antonio Bravo y yo, llegamos a la Plaza de Las Tres Culturas a la conmemoración de los 52 años de la masacre. Participaríamos en la construcción de una espiral de zapatos, convocados por el Comité 68.
La espiral ya estaba construida, pero hacía falta encender las velas. Pasaba del mediodía y el viento corría con fuerza. Erik propuso encender las 52 velas. A unos metros de nosotros había un grupo de danzantes con sahumerios encendidos, minutos antes habían hecho sonar un caracol, indicando que su actividad estaba próxima a terminar. Le propuse a Erik acercarnos a ese grupo, para pedirles que nos compartieran algunas brazas y con ellas encender nuestro fuego.
Nos acercamos y en ese momento compartían la palabra. Esperamos el momento indicado para hablarles. Justo en ese instante notamos que un sahumerio humeaba copal con mayor intensidad. La mujer que lo portaba se dirigió a un grupo de abuelas* tomando posición junto a ellas. Nos acercamos, enseguida voltearon y preguntaron: ¿Qué necesitas? Les expuse la misma intención: “Encender nuestro fuego con su fuego”.
El acercamiento al lenguaje ritual-mesoamericano me ha permitido desarrollar de manera más consciente mi obra reciente, sin apostar por las formalidades. Me interesa explorar la desmaterialización del objeto artístico desde las activaciones y re-significaciones psico – espaciales del territorio y todo aquello que le constituye. Este acercamiento me ha permitido comprender que el lenguaje ritual se constituye fundamentalmente de cuatro lenguajes: aromático, sonoro, físico-espacial y el visual, mismos que en conjunto y sin jerarquías, posibilitan la comunicación con aquello otro existente.




IV
En la carretera, cuando quería dormir y comenzaba a cabecear, mi papá siempre me despertaba diciendo: “¡No te duermas! Tienes que aprenderte el camino. A ver, ¿Dónde estamos? ¿Para dónde queda el lugar del que venimos?”.
*Por abuela, me refiero a la categoría utilizada en la tradición mesoamericana, para referirse, generalmente, a las mujeres ancianas de mayor sabiduría.
Esta colaboración forma parte de la ReVista #003 del Museo Experimental el Eco, corresponde a la sección Cosmogonías líquidas restauradas, editada por Jesús Cruz Caba.
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Antonio Monroy (Toluca, 1984) Es licenciado en Artes Plásticas por la Universidad Autónoma del Estado de México. Co-dirige la Bienal Tlatelolca; fundador de Tlatelolco Central, un proyecto enfocado en la investigación y vinculación artística en Tlatelolco, CDMX. Su obra conjuga formas y conceptos del boxeo, con elementos clave del culto mesoamericano al agua, generando acciones colectivas que reflexionan sobre el pensamiento indígena contemporáneo. Ha presentado su obra de manera individual y colectiva en: Colombia, Costa Rica, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia Inglaterra y México. Beneficiario de los programas: PECDA Edo. México 2018-2019; BBVA-MACG, V Generación; FONCA-CONACULTA, Jóvenes Creadores 2013. Obtuvo el Premio de Adquisición en la XI Bienal FEMSA Monterrey. Ha participado de las residencias Ghost Days: Making Art for Spirit, dentro del programa Indigenous Arts, en Banff Centre for Arts and Creativity; y Flora Ars+Natura en 2017. Vive y trabaja en la Ciudad de México.