Karina Peisajovich
22 septiembre, 2010 - 31 octubre, 2010

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IMG_9997Karina Peisajovich se formó como pintora, más su práctica artística no sólo ha estado influenciada por la historia del arte, sino también por sus experiencias de juventud en el teatro alternativo, donde trabajó como escenógrafa y diseñadora de vestuario a finales de los ochenta y principios de los noventa. La historia de los experimentos modernos con la abstracción y la percepción han tenido una influencia muy importante en su trabajo; al igual que el uso de los recursos técnicos del teatro; su trabajo directo con el espacio físico de exhibición y el interés por que el espectador-participante ocupe una posición activa en la obra. Recientemente, Peisajovich ha pasado de hacer instalaciones complejas, en las que pintaba formas abstractas que cubrían las paredes y el suelo de las salas mezcladas con proyecciones de luz, a trabajar con un conjunto de elementos más reducido: pequeñas máquinas de iluminación que proyectan luces de colores, colocadas en espacios oscurecidos por completo.

Para su instalación sin título en el Museo Experimental El Eco, Peisajovich oscureció significativamente la sala principal, cubriendo el ventanal y pintando las paredes del mismo gris oscuro del techo. Tomando ventaja de la altura característica de este amplio espacio rectangular, la artista proyectó sobre la superficie plana del techo. Alrededor de la sala, colocó cinco reflectores sobre el piso. Cada uno tenía un pequeño motor que movía sobre el techo que cambiaba con el movimiento del vidrio. Los cinco dispositivos luminosos eran de diferentes tamaños y las proyecciones se encimaban unas a otras creando diversas composiciones. Como cada motor estaba programado a una velocidad ligeramente distinta, los colores de los círculos nunca se sincronizaban, lo que hacía que en la sala hubiera un rango casi infinito de combinaciones de color debido a la constante mezcla de cola barra de metal que hacía girar una placa circular de vidrio coloreado, colocada sobre cada una de las luces. Al moverse, las placas proyectaban círculos de luces de colores en diferentes momentos.

Los discos rotativos de esta pieza recordaban a los Disques avec spirales (Discos con espirales), de 1923, de Marcel Duchamp, pero sin producir el efecto tridimensional generado por la obra del artista francés. Fue el mismo Duchamp quien nos previno de los placeres de lo retiniano, de lo cómodos que resultaban y de cómo podían ser muy complacientes. En ese sentido, Peisajovich comparte con él la necesidad de desafiar la visión, de activarla de manera contundente. La artista ha asumido este mismo problema en el contexto contemporáneo, donde las imágenes de consumo dominan la vista con facilidad. Además, la estructura de esta obra recuerda los ejercicios sobre el color de los profesores de la Bauhaus y, en particular, a las enseñanzas de Joseph Albers. La misma artista reconoce esta referencia y el uso de los estudios de Albers en su obra; en particular de aquellos que se refieren a las demostraciones de cómo los colores resultan engañosos, pues no son entidades estables ni aisladas, sino radicalmente contingentes, debido a las imágenes diferidas que se generan como resultado de los efectos de la biología y la física. Tratándose del Eco, y de su creador y fundador, Mathias Goeritz, cabe mencionar que este último también tenía un gran interés por Albers, y que usó sus teorías tanto en su obra, como en sus propios métodos de enseñanza.

Esta obra de Peisajovich generó un ambiente mágico y construyó un lugar en el que se podía tener una intensa experiencia perceptual. Al evocar una cueva o un planetario, su instalación invitaba a los visitantes a recostarse en el piso, en la oscuridad, mientras contemplaban el juego de las luces de colores. El espectador quedaba fascinado por el lento movimiento de las transiciones de los colores, lo que ocasionaba que el movimiento ocular disminuyera de manera considerable. Ante esta experiencia, uno se volvía consciente de la propia visión como un acto de percepción, así de cómo la propia imaginación intentaba conectar estas abstracciones para formar una imagen o un referente conocido. Por otra parte, mientras estos círculos entrelazados recordaban a las composiciones del geometrismo de las décadas de los cincuenta y sesenta, también era fácil relacionarlos con el mecanismo que los producía, el lente circular sobre los reflectores, o la forma de los discos coloreados.

Podemos definir el color como la diferencia que hay entre la luz y la oscuridad; y es esta distinción la que crea las imágenes del mundo que percibimos. A través de su fugacidad, el color y la luz revelan la fragilidad de las imágenes y lo vulnerable que es la visión en general. La instalación de Karina Peisajovich intentó poner de manifiesto esta conciencia aislando los elementos constitutivos de la imagen: el color, la luz, la oscuridad y las relaciones entre ellos. Al hacerlo, forzó a los espectadores a experimentar un estado simulado anterior a la imagen, creando un espacio en el que era posible reconocer el proceso por medio del cual construimos lo visible. Así, la “imagen” que construía esta pieza era la del acto mismo de ver.

Tobias Ostrander.

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Karina Peisajovich (Buenos Aires, Argentina, 1966) Vive y trabaja en Buenos Aires. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón” (1988) en Buenos Aires y pintura con Ahuva Szlimowicz (1992-93). Sus exposiciones individuales incluyen: Teorías, Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires (2010); Volta Show, Galeria Alejandra Von Hartz, Nueva York (2010); Influyentes e influidos, Galería Braga Menendez Arte Contemporáneo, Buenos Aires (2008); Paisaje doméstico, Casa de América, Madrid (2002). Sus exposiciones colectivas incluyen: SmART, curaduría de Sonia Becce, Freedom Tower, Miami Dade College, Miami (2010); Grito e escuta, curaduría de Victoria Noorthorn y Camilo Yáñez, VII Bienal de Mercosur, Porto Alegre, Brasil (2009); El color en todos sus estados, curaduría de Philippe Cyroulnik, CCBorges, Buenos Aires (2009).

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Póster de la exposición AQUÍ

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