En torno a una plástica dinámica

Carlos Mérida

09 septiembre, 2017 - 19 noviembre, 2017

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_MG_9779En 1932, el Departamento de Bellas Artes en México nombró al pintor de origen guatemalteco, Carlos Mérida, director de la Escuela Nacional de Danza del país. En ese momento, embrionario de las instituciones culturales de México, se gestaron las bases para el desarrollo de la educación artística desde un ideal de identidad nacional paralelo a los cánones clásicos de la disciplina. Esto provocó en la Escuela de Danza y otras escuelas de carácter público la posibilidad de crear una visión experimental y diferente a la representación eurocéntrica que el desarrollo de las artes clásicas suponía desde la época de la Colonia en México. En estos procesos se retomaron aspectos de danzas regionales como contenidos y se generaron hibridaciones de lo que se entendía como disciplinas artísticas. Hablar de plástica dinámica y no sólo de danza constituyó un modelo integrador de campos de expresión dentro de la propuesta que se convertiría después en la Escuela Nacional de Danza. La participación activa de los artistas en la creación de los espacios de formación pertenecientes a disciplinas diferentes a las suyas, devino en un momento clave para la revolución cultural del país. Tal fue el caso en 1931 de la Escuela de Plástica Dinámica, dirigida por el pintor Carlos González;
en 1932, la Escuela Nacional de Danza, dirigida por Carlos Mérida, y en 1950, José Clemente Orozco dirigiendo el Instituto Nacional de Bellas Artes.

En el caso de los proyectos de Carlos Mérida, pueden verificarse los desplazamientos y transformaciones de los paradigmas del arte plástico que propuso, tanto en la estética de sus trabajos como en los espacios elegidos para su exposición o en proyectos que no estaban sujetos a la idea de salón o espacio museal. Estas exploraciones tomaron forma en la adaptación arquitectónica de frisos, puertas y cenefas, del diseño de gobelinos y series escultóricas que en conjunto creaban un interiorismo singular, siempre en fuga para no someterse a un modelo específico de presentación, colaborando ampliamente con lo que se conoció en México como el movimiento de integración plástica.

A partir del desplazamiento y la apropiación del término plástica dinámica, acuñado en la década de los treinta, la presente muestra integra un gabinete de evidencias de las diferentes rutas que Carlos Mérida dispuso como territorio de acción, incidiendo en campos paralelos al del arte visual; específicamente, al de los proyectos arquitectónicos que le permitieron operar desde iniciativas de gran envergadura social, en las que se diluye su autoría en relación con los conjuntos urbanos de los cuales participó, disgregando las fronteras de lo que se veía como “arte alto” y “artes menores”. Mérida creó fisuras a partir de su proceso que favorecieron la apertura de las posibilidades creativas en colaboración con otros creadores de su época, sembrando en la escena los orígenes de una estética local en torno al dinamismo del arte en un país en desarrollo que, paradójicamente, hoy se define por las contradicciones que su propia institucionalidad genera.

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