Árbol Cósmico

Claudia Fernández

15 noviembre, 2013 - 16 febrero, 2014

Para los huicholes o wixaritari un “árbol cósmico” es un elemento ritual integrado por uno o más “ojos de dios”, como conocemos coloquialmente a los tsikuri. Se trata de mapas reducidos en su geografía mítica y ritual que sintetizan la cosmovisión de esta cultura ancestral que habita en el oeste central de México, en la Sierra Madre Occidental. Representa los cinco puntos cardinales (oriente, poniente, norte, sur y centro) y se elaboran como protección cuando nace un niño o niña, cada año, hasta que cumple cinco años de edad. Es también el medio por el cual los niños imaginariamente van a Wirikuta, el territorio sagrado. El Árbol cósmico de Claudia Fernández guarda una relación estrecha con esta figura del equilibrio cósmico, tendiendo un puente a partir de la forma entre lo que éste representa para la cultura huichola y un lenguaje artístico que dialoga con la historia del arte moderno, y en particular con la abstracción geométrica.

Entrar a esta exposición es entrar a un edificio con varias puertas de acceso. No sólo en el sentido literal de la espacialidad del lugar, sino en relación a la manera en la cual los caminos de interpretación de lo que aquí se ve cambian, se bifurcan, mutan de acuerdo a las conexiones que se construyen entre las múltiples referencias temporales y contextuales que en ella convergen.

Árbol cósmico (2013) es un “ojo de dios” que ha sido alterado en su escala y gama de colores para instalarse en el Museo Experimental el Eco: un objeto ritual que al ser reposicionado para ocupar el espacio del arte adquiere –entre otras cosas– un carácter escultórico que dialoga con la arquitectura del lugar. En este movimiento acontece también una pequeña interferencia en su naturaleza que coloca las especificidades de su carácter ritual en el mismo terreno que las indagaciones artísticas presentes en la obra de esta artista. Cuestiones de interacción cromática y percepción conversan desde el presente con la serie Homenaje al cuadrado de Josef Albers.

Por otro lado hay en la obra de Claudia Fernández una manifiesta fascinación por elementos abstractos que provienen de la realidad más cotidiana, y que ella describe como un interés por hablar de la idiosincrasia que hay detrás de las formas; del significado de algo a partir de cuestiones sociales y económicas asociadas a una forma o bien a cuestiones estéticas.

Acompaña a este “ojo de dios” una estructura de piedras del campo que están sobrepuestas, encajadas en el patio del museo. Se trata de piedras provenientes del estado de Morelos, piedras que los citadinos no vemos con frecuencia en nuestro transitar cotidiano. Tecorral (2013) –del náhuatl tetl, piedra y corral– produce cierto grado de extrañamiento al demarcar una parte del patio con una cerca cuadrada de piedra sin argamasa que recuerda las bardas que acotan territorios en el campo, marcas de propiedad privada y límites físicos. Este tipo de arquitectura vernácula construida cuidadosamente para la cual la observación y la manipulación de cada piedra es fundamental, puede asociarse también con plantas arquitectónicas de ruinas prehispánicas donde residieron plazas, espacios habitación y templos. Aquí esta configuración delimita un espacio vacío: ocupa un espacio y crea otro nuevo, invitando a la contemplación.

Árbol de la vida (2013), la tercera pieza de la exposición, está construida con más de un centenar de objetos provenientes de la colección de artesanías de la UNAM. Las piezas en esta colección son en gran medida el resultado de la donación por parte de varios países a la Universidad después de haberse presentado como parte de la Exposición Internacional de Artesanías Populares en el marco del programa cultural de las Olimpiadas celebradas en México en 1968. El “Árbol de la vida” es una figura presente en muchas culturas y cuyas ramas representan una idea de la vida en la Tierra. Claudia Fernández hace con ellas un tendido que es testimonio de una parte de la historia del pensamiento simbólico y en el que aparecen ante nuestros ojos cruces temporales y capas de historia. Aún cuando es parte de un conjunto, cada objeto está demarcando su espacio, está por sí mismo, sin cédulas explicativas de su proveniencia o significado.

En su libro Mathias Goeritz y la arquitectura emocional. Una revisión crítica (1952-1968), Daniel Garza Usabiaga se refiere acertadamente al Eco como un lugar en donde los distintos espacios son escenarios emocionales para el asombro. El carácter moderno de este proyecto se situaba en oposición al Estilo Internacional en la arquitectura moderna, el cual según Goeritz al centrarse en la función contribuía al empobrecimiento de la experiencia. Por lo tanto hablaba de rehabilitar una experiencia en el mundo moderno, y en más de una ocasión expresó que la experiencia de su arquitectura emocional buscaba “Recuperar una fuerza espiritual perdida.” “El proyecto de la arquitectura emocional puede ser visto de manera sucinta como un intento de restablecer una experiencia auténtica en el presente, una capacidad que comúnmente se percibe en vías de desaparición o totalmente perdida en el mundo moderno.”2

Árbol cósmico convierte al museo en un espacio ritual que toca lo abstracto. En muchos sentidos la obra de Claudia Fernández en el Eco y su carácter efímero son una aportación a esta conversación, una suerte de entremetimiento desde la presencia de los objetos.

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Claudia Fernández (Ciudad de México, 1965) El trabajo de Fernández, se desarrolla en un espectro muy amplio que abarca desde la pintura, instalación, video y fotografía hasta proyectos comunitarios en los que propone colaboraciones con diversos agentes de la sociedad. Para estos últimos suele crear estrategias que relacionan el arte con temas o problemáticas sociales o con la naturaleza. La suya es una práctica que pone en tensión la noción de rescate de tradiciones y modos de relacionarse con el entorno. La obra de Fernández se ha exhibido en muestras tanto individuales como colectivas en México y el extranjero, entre las que se encuentran: Juventud Divino Tesoro, La Quiñonera, Ciudad de México, 1990; Aquí afuera; Museo de Monterrey, Monterrey, 1997; Hiper; Museo Carrillo Gil, ciudad de México, 1998; Zebra Crossing;Haus der Kulturen der Welt, Berlín, 2002; El aire es azul, Casa Barragán, ciudad de México, 2004; Hecho en México, ICA Boston, Hammer Museum, Los Ángeles, 2004; Eco: Arte Contemporáneo Mexicano, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, 2005; Cosas de casa por gente sin casa; Proyecto Meteoro/Escuelas de Oficios en colaboración con Francis Alÿs, Museo Tamayo, Ciudad de México, 2009; Abstract Possible, Museo Tamayo, ciudad de México, 2011; entre otras. Su obra forma parte de distintos acervos entre los que se encuentran; la Colección FEMSA; Colección JUMEX;  Colección del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC UNAM) en México y la Colección DAROS en Suiza.

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